15 Octubre 2006
Una vez me pidieron que hiciera un gesto elevado, una señal que entendiéramos solo dos. Tuve mis resquemores, por mi familia y los recuerdos ácidos y emocionantes de una época ya tan lejana. Pero lo hice igual.
Me monté sobre un árbol y grité a todo pulmón cosas incoherentes a los transeúntes más abajo, me oriné en los pantalones y tuvo que acudir una ambulancia para sacarme de aquel extraño estado.
Pero no sentí miedo.
Fue como aquella vez en que soñé con una negra (de raza), con aspecto horrible y rostro desfigurado, que me invitó a comer unos membrillos pequeños, del tamaño de una mandarina. Me decía que era de una secta satánica, mientras yo comía los membrillos deliciosos y no sentía temor.
O cuando me arrojé de la ventana del séptimo piso de la oficina, ante la mirada impenetrable de mis compañeros de trabajo, y al caer desperté sudado y sonriendo, porque siempre supe que era un sueño.
Ahora, si es que existe realmente ese estado temporal, recostado sobre esta cama blanca y observando los barrotes en las ventanas, me doy cuenta que esta historia acabó mal, porque tengo que tomarme tres pastillas al día y aún no logran saber con certeza qué tipo de padecimiento mental tengo.
Mi familia me visita y son las únicas ocasiones que tengo para salir de la habitación. Me miran como a un loco, lo sé, lo percibo en sus ojos, en los de mi esposa principalmente. Siento que me temen y no puedo articular palabras para decirles que los amo. Ni siquiera puedo llorar.
Creo que me he secado por dentro.
Y solo observo a mi alrededor las paredes blancas, y pongo atención a los repentinos bramidos que profieren los locos desde el patio durante la tarde, porque no tengo más que hacer y ellos pueden circular bajo el sol y aplacar sus intenciones grandiosas con calor y sedantes.
Solo puedo esperar que esto que está pasando sea una pesadilla y no la realidad, pero por más que intento despertar, todo parece muy concreto y real y hasta las sombras actúan como siempre, es decir, silenciosas y preocupadas quién sabe de qué.
servido por satarsa
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13 Octubre 2006
Dicen que hoy comenzará a llover intensamente en la zona central del país. Espero que esta mañana cuando todos tengamos que iniciar nuevamente las vidas, en el aire flote el polvo mezclado con agua y los conductores no arrojen agua sucia a los desprevenidos transeúntes.
La gris ciudad estará empañada y las micros gotearán sobre sus ocupantes. Pero esto, vistas las circunstancias, no molestará a nuestros conciudadanos.
En las oficinas los suelos estarán mojados y el hombre del aseo se molestará por el clima y el deber de mantener y renovar los brillos que demanda la modernidad. Tristemente paseará el tiesto plástico con el trapero y por más que limpie, las pisadas seguirán trabajando contra él.
Y en el negocito de la esquina, su dueña esparcirá aserrín sobre el suelo donde quedarán restos de la ciudad atrapados en la madera despedazada, tal vez los pasos de dueñas de casa apuradas por el almuerzo y la lluvia, por los niños que llegarán del colegio mojados y la poca plata para el gas.
Algunos andarán tristes por la lluvia, otros, como yo, felices.
En mi oficina la María entrará cubierta de lana, con sus ojillos asustadizos ocultos tras los lentes mojados.
Y desde mi ventana del séptimo piso, veré a una pareja de enamorados besándose bajo la lluvia sin importar tanta disciplina y orden que nos han impuesto, tanta obligación de paraguas y resfríos que se curan con Tapsín, Aspirina, Trioval y ya no más.
Algunos podremos ser niños nuevamente, pero siempre ocultos de la mirada inquisitiva de la sociedad que nos quiere planos, estúpidos y obedientes.
Yo optaré por la anotación negativa, por la fuga de clases para poder mojarme mientras todos hacen sus deberes sin cuestionarse en lo más mínimo que afuera llueve y que esto no puede dejar indiferente a nadie.
servido por satarsa
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9 Octubre 2006
Las nubes corren por el cielo y más abajo, en las veredas, la brisa transporta el seco polvo del verano inminente. La tristeza se apodera de cada cosa que observo, de cada diminuto rayo de sol traspasando el follaje, los cables eléctricos, la vida.
Son las tres de la tarde y la calle está desierta. Ni un transeúnte o automóvil. Solo el amargo sabor del recuerdo en la memoria, el sonido inútil de mis pasos sin destino.
En mi casa hay festejos y asado. Yo no podía mantener más la sonrisa pétrea y me ofrecí para ir por más cervezas.
En la botillería la vieja dormita sobre el mostrador, y el polvo sigue arremolinándose por las esquinas. Le pido cuatro Escudos y me pregunta por los envases. Los he olvidado. Le digo que le dejaré el depósito por estos, 250 pesos cada uno, lo encuentro una estafa, luca por cuatro botellas vacías que jamás llevaré de vuelta al negocio aquel, pues sé ya que la boleta la arrojaré por ahí sin siquiera pensar que la necesito para recuperar el dinero obligatoriamente retenido.
Pago. La vieja es una autómata que abre el cajón, saca las monedas del vuelto, en la parte posterior de la boleta amarilla escribe 250 x 4 y le pone su firma, me la extiende, le sonrío estúpidamente y ella se queda inmóvil, sin nada en su rostro ajado, me encojo de hombros y emprendo el regreso, vuelvo sobre mis pasos calcinados de sol y polvo, la brisa enjuga algunas lágrimas que se han escapado de mis ojos involuntariamente.
Ya cerca de mi casa observo la puerta de entrada y no me atrevo a traspasarla. No es que sienta temor. Tengo un nudo en el estómago y otro aún más doloroso en la garganta.
Contengo el aire unos segundos con los ojos fuertemente cerrados, aguzo el oído y la brisa que seca mis tristezas trae las risas de mis hijos.
He olvidado la llave y golpeo tres veces en mi propia casa. Nadie me oye, pues están todos en el patio. Me siento en la entrada, destapo una de las botellas y bebo un largo sorbo que abre todas las vías fuertemente cerradas por el dolor y la incapacidad para comprender el porqué de las cosas y de este mundo.
servido por satarsa
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27 Septiembre 2006
Escuché estos días que la vida era una mierda. Tal vez los que sostengan esto tengan su cierta dosis de razón, de pronto la vida los ha golpeado fuerte y entre las piernas…
No lo sé, pero en primavera todos entendemos que los suicidios y las alergias se incrementan: ahí puede estar la razón de tan decepcionado diagnóstico. Algo en el ambiente que se va introduciendo en los poros, que nos va acongojando en esta época de renacimiento. Es extraño que justamente en la estación de la vida, en el momento en que la naturaleza recobra sus fuerzas y todo comienza un nuevo ciclo, algunos opten por el mutismo, la muerte, la decepción.
Pienso que la decepción es parte importante de todos nosotros, pero que inventamos formas de obviarla para hacer más llevadera la vida.
Así, y a pesar de que la sentencia de que “la vida es una mierda” sea muy válida, quisiera decir que desde la decepción y la soledad, de la tristeza y la terrible certeza de vacío que de vez en cuando nos asalta, debe surgir algo distinto, no quisiera decir positivo o bueno, pues son nociones tan subjetivas que no valen la pena profundizar, pero sí sucede que de un estado lacónico y decepcionante, surge una visión que nos muestra el otro lado de los hechos.
Hay que estar atentos, hay que esforzarse por afinar el oído, aguzar la vista, intentar capturar por todos los medios lo presente, dejar que los recuerdos descansen y sirvan de evocación cuando el dolor ya sea pasado, para así conseguir algo de tranquilidad, un poco de bienestar o su sensación indescriptible.
Tal vez dejarse llevar, tal vez no hacer nada ante el río de la vida que nos arrastra hacia un océano desconocido, que bien puede estar en calma como crispado…
servido por satarsa
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21 Septiembre 2006
Suena el teléfono y desde el otro lado se escucha la terrorífica voz de la muerte.
- ¿Cómo estas querido Julito?
Me indigna el tono familiar que utiliza conmigo. Se le digo a gritos y ella responde terroríficamente:
- Pero si somos tan amigos, o acaso no recuerdas cuantas veces me citaste en tus pensamientos y todo lo que me deseaste en la adolescencia.
Le digo que miente, que yo jamás quise conocerla y que me encanta la vida. Ella me contesta que el llamado no es para llevarme a mi, sino que para anunciarme que se viene pronto la muerte de un ser querido.
Me desespero.
- Tranquilo Julito, que no son ni tus hijo ni tu esposa, los legales, porque la doble vida que tienes no cuenta en los libros del infierno.
- Pero de qué me estas hablando deslenguada, si yo no tengo doble vida- respondo.
- Tu lo sabes, no me vengas con el discurso que ya te aprendiste de memoria, con esas palabras que siempre usaste para ocultar tu verdadera vida.
Me asusto de verdad, pues que yo sepa y debería ser bastante bien, no tengo doble vida ni algún hijo, hasta este momento, fuera de mi matrimonio. Me propongo decírselo.
- Mira muerte, yo no tengo hijos fuera de mi matrimonio ni nada por el estilo.
- Pero Julito, no insistas con eso, si yo todo lo sé y nadie me puede engañar.
Me enojo muchísimo y me comienzo a dar cuenta de lo absurdo de todo esto. Para empezar es imposible, según los cánones establecidos, hablar con la muerte, y mucho menos por teléfono.
- Pero si hay que modernizarse, Julito.
- Me aburriste, esto no puede ser posible, seguro que estoy soñando… y termino de decir esto cuando me veo desnudo frente al espejo que hay a los pies de mi cama, sudado y con un rostro de desesperación terrible. Miro el reloj que indica las 4:37 de la madrugada.
Justo cuando me estoy acostando silenciosamente para no despertar a mi esposa, suena el teléfono. Desde el otro lado se escucha la terrorífica voz de la muerte.
servido por satarsa
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21 Septiembre 2006
Alma, no me digas nada,
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.
Una lámpara encendida
esperó toda la vida
tu llegada.
Los fríos de la Otoñada
penetraron por la herida
de la ventana entornada.
Mi lámpara encendida
dio una inmensa llamarada.
Hoy la hallarás extinguida…
Alma, no me digas nada,
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.
Juan Guzmán Cruchaga tituló “Canción” a estos versos, que ya son clásicos de la lírica chilena.
Este pequeño y gran poema bien pudo haberse llamado “Nada es para siempre”. Es lo que pensamos cuando la vida nos hace experimentar en carne propia, su carácter cíclico que a veces no comprendemos.
Pareciera que los seres humanos tenemos la tendencia a aferrarnos a lo que nos es placentero y que a diario tenemos. Nos cuesta pensar que, en la vida, todo pasa.
Y no siempre estamos preparados para enfrentar los designios de nuestra existencia, aquellas circunstancias que no manejamos. Aquello que comúnmente llamamos “el destino”.
Entonces, viene la melancolía, la tristeza, esa intensa sensación que nos hace difícil enfrentar la nueva realidad.
Cuando a veces me pregunto ¿cuál es el sentido de la vida?, viene a mi mente lo que decía Ortega y Gasset: “la vida consiste en absorber las circunstancias” y generalmente esas circunstancias son las que no manejamos, ni tampoco prevemos y que a veces ni siquiera queremos aceptar.
Y cuando hemos perdido algo, la presencia física de un ser querido, incluso una situación material que nos era preciada, surge la melancolía. Es en esos momentos, donde el ser humano suele revelarse e incluso hasta cuestionar su destino.
Los más grandes artistas, especialmente los poetas, escribieron sus máximas creaciones en momentos de tristeza, de carencias afectivas. Un poeta chino del Siglo XVI dijo: “está bien que la melancolía y la tristeza, sobrevuelen por tu mente, pero no permitas que hagan un nido allí”.
servido por satarsa
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14 Septiembre 2006
Iba en la micro y de pronto miré mis calcetines. Uno rojo y otro fucsia, los de mi hija, la más chica, que va en octavo básico y cree haber descubierto el mundo. Pobrecita, qué irá a pensar cuando se entere que su padre salió rumbo a la vida oficial con los calcetines más colorinches que ella tiene. Y más encima cambiados.
De pronto veo que a mi lado un estudiante de media se ha percatado de lo de los calcetines y se lo comenta a su partner, ambos se ríen solapadamente y yo los miro y les lanzo una calurosa carcajada para que no se sientan incómodos. Al ver mi reacción se sienten felices, me miran asombrados y creo que deben pensar que soy un viejo buena onda.
Entonces y con el alboroto que llevamos los tres, una anciana de adelante se voltea y me ve los calcetines.
Afuera llueve y la micro parece un sauna.
La anciana esboza una sonrisa y yo la animo con otra a que manifieste su alegría. Estoy extrañamente feliz y no sé por qué, es absurdo que solo por los calcetines se genere espontáneamente esta situación hilarante.
Pero no hay más remedio que seguir siendo el payaso de la micro, así que tomo una determinación drástica, o como diría el gobierno, de vital importancia.
Me arremango los pantalones hasta las rodillas. Veo mis pernas blancas cubiertas por esos horribles colores. Los muchachos y la anciana me miran asombrados. Intuyen lo que voy a hacer.
Falta una cuadra para la esquina donde me bajo.
Me pongo de pie mientras la anciana y los estudiantes estallan en una carcajada al unísono. El resto de los pasajeros ya no disimula para observarme, mientras mantengo con dificultad un rostro serio. Me bajo por delante de la micro y hasta el chofer ríe y se queda unos segundo observado mientras desciendo.
Afuera todo está plomo otra vez y Santiago respira profundamente sus desechos que ya han llegado hasta el pavimento.
Yo decido dejarme los pantalones arremangados y así, emprendo el mismo camino que hago año tras año hasta mi oficina de empleado público.
servido por satarsa
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