Entonces
a proposición del señor Satanás, he decidido seguir al pie de la letra sus favorables consejos, y comencé por el quinto, busqué a aquel que se decía mi amigo hace casi un año, hasta dar con su paradero. Así me enteré que se las anduvo dando de reportero, o de gestor cultural, no sé bien en qué área específica de tan noble oficio. Me costó pero me dijeron que había encontrado una buena mujer con la cual compartía el techo, así que viajando incansablemente en micro, llegué un día hasta el apartamento que comparten.
Ahí se me quitaron todas las ganas de darle la patada en el culo, pues tras tantos meses sin vernos, y considerando nuestra larga amistad reforzada antaño por tintos y opiáceos de diversa índole, sería injustificada una revancha de ese tipo.
A cambio de la no patada
le propuse que nos batiéramos a duelo, pero un duelo poético, que consistía más o menos en los siguiente: designando a su bella y fiel compañera de árbitro, la idea era que a partir de una palabra que ella dijese, se contestaba con un poema (o trozo de este) de algún escritor chileno contemporáneo.
La cosa comenzó fácil, ya que partía Valencia y ella, como buena compañera y conociendo sus gustos poéticos, pronunció “desconocido”. Mi rival sermoneó,
“Un desconocido silba en el bosque./ Los patios se llenan de niebla./ El padre lee un cuento de hadas/ y el hermano muerto escucha tras la puerta.”.
Jota Te dije por mi parte
Esperando que ella me diera el vamos, la escuché decir: “cavidad”.
Chucha, pensé, mientras buscaba en mi cerebro dormido por meses algún poema con cavidad.
me la puso difícil al tiro, el amor mueve montañas
Me presionaban con risitas, sabían que me quedaban sólo algunos segundos para contestar, pero brilló, sí, brilló muy fuerte Gonzalo Rojas:
“toda la cavidad de la hermosura/ no bastaría para contenerte,/ y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera/ oh majestad, tú nunca,/ tú nunca cesarías de estar en todas partes,/ porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,/ porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,/ y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro”.
Me salió de corrido, solito, y quedé tan contento de recordar aún un buen poema, que me dio gusto, sobre todo por la cara de ambos, que se indignaron con mi salida.
Ahora le tocaba a Valencia de nuevo, y ella se la tiró fácil, otra vez: “venganza”.
“Esta será mi venganza:/ un día llegará a tus manos/ cierto libro de poemas del/ cual seré autor/ y buscarás alguno inspirado por ti,/ sin encontrar ninguno,/ absolutamente ninguno,/ salvo éste”.
Muy bien, Llanos, les dije, están súper difíciles las palabritas. Ahora dime la que me toca a mí, a lo que ella replicó: “azúcar verde”. Qué, le dije yo, cómo que azúcar verde, es sólo una palabra, no dos, entonces perdiste, me dijo ella, por ignorante, azúcar verde te debería decir mucho, si no te dice nada es que no conoces el poema que quiero que me digas, si te digo azúcar a secas no sirve, porque es azúcar verde, así que pierdes y punto.
Chucha, volví a pensar.
azúcar verde aparécete en mi inconsciente, pero nada, un vacío transparente y estúpido
Ambos se rieron, y a coro me dijeron:
“ese trocito/ de azúcar verde, de redondo alegre./ ¿No me prestás tu mano en esta noche/ de fin de año de lechuzas roncas?/ No puedes, por razones técnicas./ Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,/ el durazno sedoso de la palma/ y el dorso, ese país de azules árboles./ Así la tomo y la sostengo,/ como si de ello dependiera/ muchísimo del mundo,/ la sucesión de las cuatro estaciones,/ el canto de los gallos, el amor de los hombres”.
Y este era Jota Ce y había perdido el duelo.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados