Podrán creer que soy un egocéntrico autorreferente, pero quiero hablar de mi. Porque realmente a nadie le interesa mi persona, mis historias, mi parecer frente a la rutina y las cosas.
En mi casa, por ejemplo, soy absolutamente un desconocido. Mi esposa ignora la rutina que llevo, lo que hago una vez que transpongo el dintel de mi hogar y emprendo el sin sentido de mis días de empleado público, operador de la burocracia de nuestro Chile de papel.
No sabe que todos los días intento espiar a la vecina de unas casas más allá, que pareciera conocer mejor que nadie la hora precisa a la que salgo rumbo al trabajo, para provocarme con su bata transparente que deja sus firmes formas en evidencia, mientras se agacha lentamente a recoger el periódico que día a día arrojan frente a su puerta.
Nunca me mira, pero yo creo que sabe bien que mi paso se desacelera y esto solo para verla.
Mis hijos son otra historia. No tienen idea de quién soy. Jamás preguntan nada y cuando lo hacen el interés es en relación a ellos. La otra vez mi hermosa hija se dignó a interrogarme sobre adonde iba, una noche de viernes, las cuales son de las pocas con sentido, pues las tertulias se reviven con mis hermanos de ruta, mis queridos amigos bebedores de vino y palabreros impenitentes.
Fue lo que le respondí, casi con las mismas palabras. Ella se sonrío y de seguro por su mente inexperta circuló alguna frase que no pudo explicar a ciencia cierta quién era su padre y qué hacía en sus otros momentos, pero al final igual se olvidó de todo y continuó con su forjador camino de vida de 19 años.
Así las cosas, lo único que se me ocurre es limitarme a mi tiempo estancado, a mis días sin objeto como diría Teillier.
Esperar que la rutina me aplaste y que la logre levantar, pero en definitiva no levanto más que mi mano para pedir la cuenta, apurar el último trago de café y guardar estas servilletas que sirven para garabatear palabras con las que luego abuso de ustedes y de vuestra paciencia.

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