Horizonte
Estoy frente al mar. La bruma y su frescor me azotan el rostro, respiro profundamente la salinidad del aire, sostengo entre mis manos húmedas la caña de pescar, acciono el carrete inconscientemente, mientras divago y recorro recuerdos extraños, casi ajenos a mi vida imperceptible.
Son las seis y media de la mañana y el gris de un nuevo días es un signo de esperanza. Nunca sabré el porqué de esta sensación al amanecer. Tal vez su símbolo de vida me contagie de algo poco habitual en mis sucios días de oficinista en Santiago.
El sedal entra en la bobina del carrete y salpica agua sobre mis manos, heladas y mecánicas, que son también parte del engranaje de la maquinaria que opera a la perfección y trae de vuelta el señuelo zigzagueante y profundo.
En este estado silencioso y meditativo muchas cosas vuelan por las mentes de todos los que en el mundo nos encontramos parados en el borde costero, simulando que pescamos y que solo queremos dar rienda suelta a nuestra soledad desbocada.
E inevitablemente recuerdo a la hermosa mujer que todos atesoramos en nuestro interior. La recuerdo con la clásica insistencia después de años de olvido, sepultadas las imágenes por rutina incansable de cemento y bullicio automotriz.
Metros más allá están mis compañeros de pesca, seguramente en algo parecido a lo mío, sosteniendo sus cañas con ideas ajenas a extraer algo vivo desde el mar.
Me invade una nostalgia violenta.
La garganta se anuda, algunas lagrimas se aglomeran en la sala de espera a la realidad.
Pero afortunadamente el trance lo supero sin pestañear, sin permitir que mi sal se mezcle con la que me regala el mar a manos llenas. Y lo supero además imaginando un lenguado o, mejor aún, una corvina que rauda persigue mi señuelo.
Entonces me concentro en la pesca, en mi objetivo de robarle vida al mar, pero ya tengo frente a mi la rapala inerte, plástica, sin signos de haber sido deseada por nada vivo dentro ni fuera de este hermoso océano pacífico.

henry morgan dijo
Los pescadores, todos los pescadores, los deportivos y los artesanales, son inmensamente soñadores.
La diferencia entre el deportivo y el profesional, está en que para estos últimos hacer realidad el sueño es vivir.
Esto queda claro en la obra cumbre de Hemingway "El viejo y el mar".
Aquel que está horas con su caña de pescar frente al mar, casi siempre está soñando y tal como dice el autor de este brillante artículo, su sueño no está centrado en sacar algo vivo del mar. Generalmente los hilos de ese sueño tejen la imagen de un amor, de una pena o se enredan en un viejo tango o un poema.
17 Octubre 2006 | 10:10 PM