Suena el teléfono y desde el otro lado se escucha la terrorífica voz de la muerte.
- ¿Cómo estas querido Julito?
Me indigna el tono familiar que utiliza conmigo. Se le digo a gritos y ella responde terroríficamente:
- Pero si somos tan amigos, o acaso no recuerdas cuantas veces me citaste en tus pensamientos y todo lo que me deseaste en la adolescencia.
Le digo que miente, que yo jamás quise conocerla y que me encanta la vida. Ella me contesta que el llamado no es para llevarme a mi, sino que para anunciarme que se viene pronto la muerte de un ser querido.
Me desespero.
- Tranquilo Julito, que no son ni tus hijo ni tu esposa, los legales, porque la doble vida que tienes no cuenta en los libros del infierno.
- Pero de qué me estas hablando deslenguada, si yo no tengo doble vida- respondo.
- Tu lo sabes, no me vengas con el discurso que ya te aprendiste de memoria, con esas palabras que siempre usaste para ocultar tu verdadera vida.
Me asusto de verdad, pues que yo sepa y debería ser bastante bien, no tengo doble vida ni algún hijo, hasta este momento, fuera de mi matrimonio. Me propongo decírselo.
- Mira muerte, yo no tengo hijos fuera de mi matrimonio ni nada por el estilo.
- Pero Julito, no insistas con eso, si yo todo lo sé y nadie me puede engañar.
Me enojo muchísimo y me comienzo a dar cuenta de lo absurdo de todo esto. Para empezar es imposible, según los cánones establecidos, hablar con la muerte, y mucho menos por teléfono.
- Pero si hay que modernizarse, Julito.
- Me aburriste, esto no puede ser posible, seguro que estoy soñando… y termino de decir esto cuando me veo desnudo frente al espejo que hay a los pies de mi cama, sudado y con un rostro de desesperación terrible. Miro el reloj que indica las 4:37 de la madrugada.
Justo cuando me estoy acostando silenciosamente para no despertar a mi esposa, suena el teléfono. Desde el otro lado se escucha la terrorífica voz de la muerte.

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