Despertando con de Rokha en la memoria
Afuera llueve. Lo siento en el pavimento crepitante, en mi alma acongojada. Quisiera levantarme y preparar café para todos, mi esposa y mis hijos, pero hoy la tristeza me invade. También quisiera leer desaforadamente a Pablo de Rokha, gritarlo a todo pulmón:
“Soy el hombre casado, soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las estrellas desveladas; por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
encima del país gutural de las chimeneas de ópalo”.
Recuerdo entonces las palabras de un querido amigo poeta de apellido Serey: “Julio, esa postura que tienes es aburrida, estás repetido en tu temática, siempre lo mismo, tu siempre como víctima”.
Me caló hondo el maricón.
Y aunque debería estar escribiendo de alegrías o intentando por lo menos robarle una pequeña sonrisa a algún lector, sólo puedo permanecer en mi cama, oyendo la lluvia sobre la ciudad, esperando no ser yo el del café, sino que como siempre mi esposa y sus efluvios que me enloquecen.
Las sábanas me acunan, es domingo y no quisiera levantarme.
Además todo está tocado por el silencio, las pequeñas y grandes cosas de este hogar conformado a punta de esfuerzos, deudas y un férreo amor por conservarlo junto a ella, la que duerme a mi lado con su respiración calma, con su todavía tersa frente que me provoca besarla.
Y qué puedo hacer si siento pena, si a pesar de mis ganas de reír y hacer reír no puedo más que llorar hacia adentro. De pronto las palabras de mi amigo tienen más sentido del que parece y dejar esta postura decepcionante podría ser el primer paso en mi recuperación, pero es absurdo a la vez sentir que todo cambia para mejor, tener esa postura meliorista que no soporto.
En el fondo todos sabemos que la vida es una mierda.
Por lo tanto es mucho mejor seguir enredado en las sábanas impregnadas de su aroma, sentirla tan junto a mí y a la vez saber que vaga por insondables territorios oníricos que nadie podrá conocer, tal vez ni ella.
De ponto se mueve lento, yo tengo mis ojos clavados en su hermoso rostro, despierta y me sonríe. Esto si me conmueve y aguanto el dolor, manifestación suprema de mi tristeza inconsolable.
Me observa unos momentos siempre con su sonrisa encantadora y me manda a preparar el café que yo tanto deseaba.
Al calzarme las pantuflas una lágrima resbala por mi rostro, pero es frenada por una leve sonrisa que de alguna manera me da ánimo para seguir despertando. Entonces le digo a mi compañera, parafraseando a de Rokha:
“Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,
¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado
..............que yo soy íntegro, se asocie
a la personalidad popular del huracán!
A la manera de la estación de ferrocarriles,
mi situación está poblada de adioses y de ausencia, una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueño y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.
El aventurero de los océanos deshabitados,
el descubridor, el conquistador, el gobernador de naciones y el fundador de
..............ciudades tentaculares,
como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil o trocando en el escarnio celestial del vocabulario
espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del canto
al soñador que arrastraría adentro del pecho universal muerto, el cadáver de
..............un conductor de pueblos,
con su bastón de mariscal tronchado y echando llamas”.
