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La Coctelera

Julio Satarsa

Categoría: De la vida

26 Octubre 2006

Yo

Podrán creer que soy un egocéntrico autorreferente, pero quiero hablar de mi. Porque realmente a nadie le interesa mi persona, mis historias, mi parecer frente a la rutina y las cosas.
En mi casa, por ejemplo, soy absolutamente un desconocido. Mi esposa ignora la rutina que llevo, lo que hago una vez que transpongo el dintel de mi hogar y emprendo el sin sentido de mis días de empleado público, operador de la burocracia de nuestro Chile de papel.
No sabe que todos los días intento espiar a la vecina de unas casas más allá, que pareciera conocer mejor que nadie la hora precisa a la que salgo rumbo al trabajo, para provocarme con su bata transparente que deja sus firmes formas en evidencia, mientras se agacha lentamente a recoger el periódico que día a día arrojan frente a su puerta.
Nunca me mira, pero yo creo que sabe bien que mi paso se desacelera y esto solo para verla.
Mis hijos son otra historia. No tienen idea de quién soy. Jamás preguntan nada y cuando lo hacen el interés es en relación a ellos. La otra vez mi hermosa hija se dignó a interrogarme sobre adonde iba, una noche de viernes, las cuales son de las pocas con sentido, pues las tertulias se reviven con mis hermanos de ruta, mis queridos amigos bebedores de vino y palabreros impenitentes.
Fue lo que le respondí, casi con las mismas palabras. Ella se sonrío y de seguro por su mente inexperta circuló alguna frase que no pudo explicar a ciencia cierta quién era su padre y qué hacía en sus otros momentos, pero al final igual se olvidó de todo y continuó con su forjador camino de vida de 19 años.
Así las cosas, lo único que se me ocurre es limitarme a mi tiempo estancado, a mis días sin objeto como diría Teillier.
Esperar que la rutina me aplaste y que la logre levantar, pero en definitiva no levanto más que mi mano para pedir la cuenta, apurar el último trago de café y guardar estas servilletas que sirven para garabatear palabras con las que luego abuso de ustedes y de vuestra paciencia.

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19 Octubre 2006

Spinetta

Mi hijo me invitó a ver al cantante argentino Luis Alberto Spinetta. En realidad el panorama de viernes por la noche no brindaba otras oportunidades, ya que a mis amigos las deudas y las esposas los sacan cada vez con más frecuencia de la bohemia.
Pero de ahí a acompañar a mi hijo a un concierto de un músico al que solo he escuchado a la fuerza en viajes de familia, donde insiste en meternos al argentino en la radio del auto, hay un gran paso.
Sin embargo me pareció interesante la oportunidad de hacer algo entre los dos y no dudé en decirle que iríamos al concierto. Además él en un gesto de adultez, de la cual está lejos, pagó las entradas.
Debo ser honesto y confesar que ante las bajas expectativas, lo que presencié fue asombroso. Una gran calidad de las letras, la del argentino, quien además mostró al parecer lo más variado de su repertorio. El ambiente también fue cálido, con un Teatro Oriente lleno de personas a las que realmente les gustaba Spinetta.
Vi a muchos jóvenes emocionados al final del concierto, junto a algunos más entrados en años y canas como yo. Eso era suficiente para demostrarme que lo que había presenciado era íntimo y conmovedor.
Y me di cuenta que de haber rechazado la invitación de mi hijo me habría perdido un gran espectáculo, que me emocionó sin siquiera conocer a Spinetta y su guitarra.
A su vez mi hijo se mostró feliz de mi compañía, lo que fue muy gratificante porque pocas veces hemos compartido algo de su interés entre ambos, y casi siempre termino siendo yo el que impone lo que considero como entretención, y él, sin embargo, igual está a mi lado.
Al final terminamos tomándonos un shop gigantesco en un boliche cualquiera, conversando de la poesía del argentino, que realmente es buena, lo que me permitió dormir tranquilo por lo menos una noche más.

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Sobre mí

Julio Satarsa es un empleado público que vive en la capital de Chile, Santiago, un decepcionado de la vida y las cosas, de la sociedad principalmente. Tiene su hogar bien formado, esposa y tres hijos, dos mujeres y un hombre. Satarsa es un hombre triste por naturaleza y se conforma con ver la vida pasar, intentando al máximo atesorar esas pequeñas cosas que componen el día a día, que considera las más valiosas y perdurables.

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