3 Diciembre 2007
Entonces
a proposición del señor Satanás, he decidido seguir al pie de la letra sus favorables consejos, y comencé por el quinto, busqué a aquel que se decía mi amigo hace casi un año, hasta dar con su paradero. Así me enteré que se las anduvo dando de reportero, o de gestor cultural, no sé bien en qué área específica de tan noble oficio. Me costó pero me dijeron que había encontrado una buena mujer con la cual compartía el techo, así que viajando incansablemente en micro, llegué un día hasta el apartamento que comparten.
Ahí se me quitaron todas las ganas de darle la patada en el culo, pues tras tantos meses sin vernos, y considerando nuestra larga amistad reforzada antaño por tintos y opiáceos de diversa índole, sería injustificada una revancha de ese tipo.
A cambio de la no patada
le propuse que nos batiéramos a duelo, pero un duelo poético, que consistía más o menos en los siguiente: designando a su bella y fiel compañera de árbitro, la idea era que a partir de una palabra que ella dijese, se contestaba con un poema (o trozo de este) de algún escritor chileno contemporáneo.
La cosa comenzó fácil, ya que partía Valencia y ella, como buena compañera y conociendo sus gustos poéticos, pronunció “desconocido”. Mi rival sermoneó,
“Un desconocido silba en el bosque./ Los patios se llenan de niebla./ El padre lee un cuento de hadas/ y el hermano muerto escucha tras la puerta.”.
Jota Te dije por mi parte
Esperando que ella me diera el vamos, la escuché decir: “cavidad”.
Chucha, pensé, mientras buscaba en mi cerebro dormido por meses algún poema con cavidad.
me la puso difícil al tiro, el amor mueve montañas
Me presionaban con risitas, sabían que me quedaban sólo algunos segundos para contestar, pero brilló, sí, brilló muy fuerte Gonzalo Rojas:
“toda la cavidad de la hermosura/ no bastaría para contenerte,/ y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera/ oh majestad, tú nunca,/ tú nunca cesarías de estar en todas partes,/ porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,/ porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,/ y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro”.
Me salió de corrido, solito, y quedé tan contento de recordar aún un buen poema, que me dio gusto, sobre todo por la cara de ambos, que se indignaron con mi salida.
Ahora le tocaba a Valencia de nuevo, y ella se la tiró fácil, otra vez: “venganza”.
“Esta será mi venganza:/ un día llegará a tus manos/ cierto libro de poemas del/ cual seré autor/ y buscarás alguno inspirado por ti,/ sin encontrar ninguno,/ absolutamente ninguno,/ salvo éste”.
Muy bien, Llanos, les dije, están súper difíciles las palabritas. Ahora dime la que me toca a mí, a lo que ella replicó: “azúcar verde”. Qué, le dije yo, cómo que azúcar verde, es sólo una palabra, no dos, entonces perdiste, me dijo ella, por ignorante, azúcar verde te debería decir mucho, si no te dice nada es que no conoces el poema que quiero que me digas, si te digo azúcar a secas no sirve, porque es azúcar verde, así que pierdes y punto.
Chucha, volví a pensar.
azúcar verde aparécete en mi inconsciente, pero nada, un vacío transparente y estúpido
Ambos se rieron, y a coro me dijeron:
“ese trocito/ de azúcar verde, de redondo alegre./ ¿No me prestás tu mano en esta noche/ de fin de año de lechuzas roncas?/ No puedes, por razones técnicas./ Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,/ el durazno sedoso de la palma/ y el dorso, ese país de azules árboles./ Así la tomo y la sostengo,/ como si de ello dependiera/ muchísimo del mundo,/ la sucesión de las cuatro estaciones,/ el canto de los gallos, el amor de los hombres”.
Y este era Jota Ce y había perdido el duelo.
servido por satarsa
sin comentarios
compártelo
27 Noviembre 2007
No hay deuda que no se cumpla y (más macabro y peor aún que todo), plazo que no se pague.
¿O es al revés?
Lo cierto es que lo olvidé, estuve en el averno, no conocí a Dante ni menos a Virgilio, pero estuve con Don Sata y este me dio sabios y profundos consejos, a saber:
1.- Tómate la vida con humor, deja de lado ese existencialismo barato, no seas estúpido Satarsa, hasta cuando deben repetírtelo hasta tus amigos. La vida es una mierda, sí, pero por favor, ya basta.
2.- Dios no existe, es la suma de todas nuestras incertidumbres, así que querido Julito, ¿para qué tanta aflicción y poses funerarias, te moriste o estás desmayado en tu escritorio?
3.- Te recomiendo que en cuanto vuelvas te pongas a tener sexo desenfrenado con quien se te cruce, sea mujer u hombre, ¿niños? niños mejor que no Julito, te puede traer problemas, mejor ándate rápido a un topless o a un café con piernas, que de volteadero lo tienen todo.
4.- ¿Conoces el chiste sobre el tipo que se muere y llega al infierno donde el Diablo, Satanás, el Cola de Flecha, YO en persona, lo recibe y le dice que hay un día para cada placer vicioso? Pues bien, ese chiste es una mentira, porque los placeres viciosos se dan todos los días, pero en la vida cotidiana del planeta infesto llamado tierra, ese que creó Dios justo antes de apretar cueva ante mi rojiza presencia, dejándolo a la deriva, o mejor aún, en mis manos.
5.- En cuanto regreses de la inconsciencia en la que permaneciste desde el 18 de diciembre del 2006, busca inmediatamente a ese tal Sergio Valencia, el que te recomendó la muerte, y dale una buena pata en el culo por todo el tiempo que te hizo perder en el silencio de las palabras, mira que estuve conversando con algunos escritores que se vinieron directo a mis comarcas después de muertos y, comentándoles tu caso, eso fue lo que me recomendaron que hicieras una vez recuperados tus cabales.
6.- Mi último consejo, querido Julio, es que abras los ojos ahora...
servido por satarsa
sin comentarios
compártelo
18 Diciembre 2006
Es extraño, pero me propongo relatar mi propia muerte, y al contrario de Augusto Pérez, personaje de la novela o nivola “Niebla” del grandioso Miguel de Unamuno, no podré revelarme ante el autor, que en este caso soy yo mismo.
Lo anterior por consejos asertivos y precisos de un querido amigo escritor, Sergio Valencia firma, que es también ficción dentro de la personalidad de otro, como yo y como absolutamente todos ustedes.
Pero esto no se trata de caretas, pseudónimos ni alias, sino más bien de muerte o más preciso aún, del extraño fenómeno, con algunos casos documentados, de personas que deciden morir y simplemente le ponen fecha, se preparan, y cuando se cumple el día y hora señalada, ésta llega y nos lleva de este mundo.
Las consecuencias éticas de lo que haré se las dejo a ustedes, queridos lectores, y al tal Valencia, que muy amigo mío será, pero que a la larga me llevó a este trance del cual no salgo por ningún motivo, ya que está decidido.
Y para estos fines tengo todo preparado.
Hoy al mediodía falleceré voluntariamente en mi escritorio de la oficina. Por eso mismo ya dejé todos los cabos atados, las deudas canceladas, repartí bendiciones, besos y abrazos a todos los que quiero.
Hice mis últimas compras y también cumplí gustos que en otras circunstancias no habría realizado. (No los mencionaré por respeto a mí mismo y a ustedes).
Y una última cosa que haré antes de emprender la eterna retirada, será esta mañana decirle a mi esposa que la amo más de lo que imagina, y besarla suavemente para que no le duela tanto la trágica noticia que como a la una de esta tarde le estarán dando.
Además hoy saldré con los calcetines y los calzoncillos bien limpios, ya que de seguro me practicarán una autopsia y no quisiera que mi cuerpo inerte pasara una vergüenza.
A ustedes queridos y pacientes lectores de los martes, les agradezco y les aprovecho de decir que no abriguen tantas esperanzas en torno a mi retirada, ya que en la ficción de mi vida todo es posible y tal vez sea el Mesías que tanto esperan algunos, y resucite al tercer día, es decir este viernes, y de repente así alcanzo a comprar regalos y puedo pasar otra Navidad en familia.
Uno nunca sabe. Adiós.
servido por satarsa
sin comentarios
compártelo
4 Diciembre 2006
Patéticas por decir lo menos, fueron las manifestaciones tanto de los admiradores como de los detractores del ex dictador Augusto Pinochet, enfrentados a las afueras del Hospital Militar, con pancartas ridículas como “Pinochet inmortal” o “Cámbienle los pañales”.
Ajustadas por otra parte fueron las declaraciones de Lagos Weber, al señalar que es de mal gusto hablar de funerales de personas que están aún vivas.
Porque en este país, como una forma de reafirmar la falacia que somos los ingleses de Latinoamérica, nos preocupa el mal gusto y el bueno también. Por lo mismo ajustadas palabras.
Por otra parte y aunque no debiera mencionarlo, debo hacerlo: Moreira. Porque si hablamos de personas patéticas, este individuo se lleva todos los premios. Sus declaraciones son inaceptables, y en nada benefician al país. Por qué señalar que Pinochet no morirá para darle en el gusto a “esa izquierda odiosa”. Me pregunto cómo aún puede haber gente que vote y se sienta representada por este tipejo. Es un irresponsable y además le falta el respeto a la familia Pinochet, ya que decir que el ex dictador debe vivir para no darle el gusto a otros pareciera más un capricho de embarazada que los dichos de un parlamentario. Pero en fin.
Lo cierto es que Augusto Pinochet no deja indiferente a nadie. El país se remece cada vez que recordamos que aún existe. Hace poco fue su cumpleaños 92, ahí tuvimos que verlo en televisión, siempre dividiendo, más que por sus palabras o algo así, por su sola presencia.
Ahora esto, la enfermedad, su suerte nuevamente, estuvo a punto de que le abrieran el esternón, una operación a corazón abierto que probablemente no habría resistido por sus años. Sin embargo no fue necesario que se le practicara.
¿Suerte, ayuda divina, justicia divina? No lo sé.
Lo único que se cumple al pie de la letra es el viejo refrán que dice: “Hierba mala nunca muere”.
servido por satarsa
1 comentario
compártelo
27 Octubre 2006
Afuera llueve. Lo siento en el pavimento crepitante, en mi alma acongojada. Quisiera levantarme y preparar café para todos, mi esposa y mis hijos, pero hoy la tristeza me invade. También quisiera leer desaforadamente a Pablo de Rokha, gritarlo a todo pulmón:
“Soy el hombre casado, soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las estrellas desveladas; por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
encima del país gutural de las chimeneas de ópalo”.
Recuerdo entonces las palabras de un querido amigo poeta de apellido Serey: “Julio, esa postura que tienes es aburrida, estás repetido en tu temática, siempre lo mismo, tu siempre como víctima”.
Me caló hondo el maricón.
Y aunque debería estar escribiendo de alegrías o intentando por lo menos robarle una pequeña sonrisa a algún lector, sólo puedo permanecer en mi cama, oyendo la lluvia sobre la ciudad, esperando no ser yo el del café, sino que como siempre mi esposa y sus efluvios que me enloquecen.
Las sábanas me acunan, es domingo y no quisiera levantarme.
Además todo está tocado por el silencio, las pequeñas y grandes cosas de este hogar conformado a punta de esfuerzos, deudas y un férreo amor por conservarlo junto a ella, la que duerme a mi lado con su respiración calma, con su todavía tersa frente que me provoca besarla.
Y qué puedo hacer si siento pena, si a pesar de mis ganas de reír y hacer reír no puedo más que llorar hacia adentro. De pronto las palabras de mi amigo tienen más sentido del que parece y dejar esta postura decepcionante podría ser el primer paso en mi recuperación, pero es absurdo a la vez sentir que todo cambia para mejor, tener esa postura meliorista que no soporto.
En el fondo todos sabemos que la vida es una mierda.
Por lo tanto es mucho mejor seguir enredado en las sábanas impregnadas de su aroma, sentirla tan junto a mí y a la vez saber que vaga por insondables territorios oníricos que nadie podrá conocer, tal vez ni ella.
De ponto se mueve lento, yo tengo mis ojos clavados en su hermoso rostro, despierta y me sonríe. Esto si me conmueve y aguanto el dolor, manifestación suprema de mi tristeza inconsolable.
Me observa unos momentos siempre con su sonrisa encantadora y me manda a preparar el café que yo tanto deseaba.
Al calzarme las pantuflas una lágrima resbala por mi rostro, pero es frenada por una leve sonrisa que de alguna manera me da ánimo para seguir despertando. Entonces le digo a mi compañera, parafraseando a de Rokha:
“Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,
¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado
..............que yo soy íntegro, se asocie
a la personalidad popular del huracán!
A la manera de la estación de ferrocarriles,
mi situación está poblada de adioses y de ausencia, una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueño y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.
El aventurero de los océanos deshabitados,
el descubridor, el conquistador, el gobernador de naciones y el fundador de
..............ciudades tentaculares,
como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil o trocando en el escarnio celestial del vocabulario
espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del canto
al soñador que arrastraría adentro del pecho universal muerto, el cadáver de
..............un conductor de pueblos,
con su bastón de mariscal tronchado y echando llamas”.
servido por satarsa
2 comentarios
compártelo
26 Octubre 2006
Podrán creer que soy un egocéntrico autorreferente, pero quiero hablar de mi. Porque realmente a nadie le interesa mi persona, mis historias, mi parecer frente a la rutina y las cosas.
En mi casa, por ejemplo, soy absolutamente un desconocido. Mi esposa ignora la rutina que llevo, lo que hago una vez que transpongo el dintel de mi hogar y emprendo el sin sentido de mis días de empleado público, operador de la burocracia de nuestro Chile de papel.
No sabe que todos los días intento espiar a la vecina de unas casas más allá, que pareciera conocer mejor que nadie la hora precisa a la que salgo rumbo al trabajo, para provocarme con su bata transparente que deja sus firmes formas en evidencia, mientras se agacha lentamente a recoger el periódico que día a día arrojan frente a su puerta.
Nunca me mira, pero yo creo que sabe bien que mi paso se desacelera y esto solo para verla.
Mis hijos son otra historia. No tienen idea de quién soy. Jamás preguntan nada y cuando lo hacen el interés es en relación a ellos. La otra vez mi hermosa hija se dignó a interrogarme sobre adonde iba, una noche de viernes, las cuales son de las pocas con sentido, pues las tertulias se reviven con mis hermanos de ruta, mis queridos amigos bebedores de vino y palabreros impenitentes.
Fue lo que le respondí, casi con las mismas palabras. Ella se sonrío y de seguro por su mente inexperta circuló alguna frase que no pudo explicar a ciencia cierta quién era su padre y qué hacía en sus otros momentos, pero al final igual se olvidó de todo y continuó con su forjador camino de vida de 19 años.
Así las cosas, lo único que se me ocurre es limitarme a mi tiempo estancado, a mis días sin objeto como diría Teillier.
Esperar que la rutina me aplaste y que la logre levantar, pero en definitiva no levanto más que mi mano para pedir la cuenta, apurar el último trago de café y guardar estas servilletas que sirven para garabatear palabras con las que luego abuso de ustedes y de vuestra paciencia.
servido por satarsa
sin comentarios
compártelo
19 Octubre 2006
Mi hijo me invitó a ver al cantante argentino Luis Alberto Spinetta. En realidad el panorama de viernes por la noche no brindaba otras oportunidades, ya que a mis amigos las deudas y las esposas los sacan cada vez con más frecuencia de la bohemia.
Pero de ahí a acompañar a mi hijo a un concierto de un músico al que solo he escuchado a la fuerza en viajes de familia, donde insiste en meternos al argentino en la radio del auto, hay un gran paso.
Sin embargo me pareció interesante la oportunidad de hacer algo entre los dos y no dudé en decirle que iríamos al concierto. Además él en un gesto de adultez, de la cual está lejos, pagó las entradas.
Debo ser honesto y confesar que ante las bajas expectativas, lo que presencié fue asombroso. Una gran calidad de las letras, la del argentino, quien además mostró al parecer lo más variado de su repertorio. El ambiente también fue cálido, con un Teatro Oriente lleno de personas a las que realmente les gustaba Spinetta.
Vi a muchos jóvenes emocionados al final del concierto, junto a algunos más entrados en años y canas como yo. Eso era suficiente para demostrarme que lo que había presenciado era íntimo y conmovedor.
Y me di cuenta que de haber rechazado la invitación de mi hijo me habría perdido un gran espectáculo, que me emocionó sin siquiera conocer a Spinetta y su guitarra.
A su vez mi hijo se mostró feliz de mi compañía, lo que fue muy gratificante porque pocas veces hemos compartido algo de su interés entre ambos, y casi siempre termino siendo yo el que impone lo que considero como entretención, y él, sin embargo, igual está a mi lado.
Al final terminamos tomándonos un shop gigantesco en un boliche cualquiera, conversando de la poesía del argentino, que realmente es buena, lo que me permitió dormir tranquilo por lo menos una noche más.
servido por satarsa
4 comentarios
compártelo
17 Octubre 2006
Estoy frente al mar. La bruma y su frescor me azotan el rostro, respiro profundamente la salinidad del aire, sostengo entre mis manos húmedas la caña de pescar, acciono el carrete inconscientemente, mientras divago y recorro recuerdos extraños, casi ajenos a mi vida imperceptible.
Son las seis y media de la mañana y el gris de un nuevo días es un signo de esperanza. Nunca sabré el porqué de esta sensación al amanecer. Tal vez su símbolo de vida me contagie de algo poco habitual en mis sucios días de oficinista en Santiago.
El sedal entra en la bobina del carrete y salpica agua sobre mis manos, heladas y mecánicas, que son también parte del engranaje de la maquinaria que opera a la perfección y trae de vuelta el señuelo zigzagueante y profundo.
En este estado silencioso y meditativo muchas cosas vuelan por las mentes de todos los que en el mundo nos encontramos parados en el borde costero, simulando que pescamos y que solo queremos dar rienda suelta a nuestra soledad desbocada.
E inevitablemente recuerdo a la hermosa mujer que todos atesoramos en nuestro interior. La recuerdo con la clásica insistencia después de años de olvido, sepultadas las imágenes por rutina incansable de cemento y bullicio automotriz.
Metros más allá están mis compañeros de pesca, seguramente en algo parecido a lo mío, sosteniendo sus cañas con ideas ajenas a extraer algo vivo desde el mar.
Me invade una nostalgia violenta.
La garganta se anuda, algunas lagrimas se aglomeran en la sala de espera a la realidad.
Pero afortunadamente el trance lo supero sin pestañear, sin permitir que mi sal se mezcle con la que me regala el mar a manos llenas. Y lo supero además imaginando un lenguado o, mejor aún, una corvina que rauda persigue mi señuelo.
Entonces me concentro en la pesca, en mi objetivo de robarle vida al mar, pero ya tengo frente a mi la rapala inerte, plástica, sin signos de haber sido deseada por nada vivo dentro ni fuera de este hermoso océano pacífico.
servido por satarsa
3 comentarios
compártelo